El ingreso de una persona en prisión supone su aislamiento
afectivo y social, conlleva la pérdida de sus roles sexuales, familiares,
sociales y produce un deterioro de su propia identidad y de su autoestima.
Su comportamiento es supervisado continuamente por los
funcionarios de la prisión y corregido dominantemente por un sistema de normas
formales que le exigen una subordinación que llega a lo servil y que invaden su
intimidad.
Como consecuencia se desarrolla un código de normas y valores en
contra de las normas y fines oficialmente declarados por la institución.
Como institución penitenciaria es una estructura
poderosa frente a la cual, el recluso se vivencia así mismo como débil, para
mantener unos mínimos niveles de autoestima, se va obligado a autoafirmarse frente a ese
medio enemigo.
Según las características de la prisión,
frecuentemente adoptará una autoafirmación agresiva, desarrollando una fuerte
hostilidad hacia todo lo que tenga alguna vinculación con la institución.
En la prisión se está siempre en peligro, lo que desarrolla
en el preso un estado de
permanente ansiedad, que va a derivar hacia la manifestación de la ansiedad
como una consistencia comportamental que se generalizará en todo tipo de
situaciones y que le conduce a vivir aún con más estrés las permanentes
tensiones de la vida en la cárcel.
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